Noticias

27 Enero, 2017

Entrevista a Jeannette Makenga, misionera en Venezuela

Jeannette Makenga, congoleña, pertenece al Instituto de las Misioneras de Cristo Jesús. Lleva 21 años de misionera en Venezuela y trabaja en un barrio en las afueras de Maracaibo. Es coordinadora del Centro de Promoción Integral del Niño (CEPIN), programa que financia la Fundación Isabel Martín, donde les aportan formación y recuperación nutricional, entre otras actividades.

Jeannette Makenga, misionera en Venezuela, visita la Fundación Isabel Martín y concede una entrevista.

Llega sonriente y enérgica a la oficina de la Fundación Isabel Martín. Como siempre; es algo que le caracteriza y que dice mucho de ella además de su coraje y fortaleza. A pesar de la adversidad que le toca vivir en su misión no deja de dar lo mejor de sí misma. Da todo lo que tiene. De hecho, da su vida por apoyar a todos los niños del Centro de Promoción Integral del Niño, a las mujeres más vulnerables y a los refugiados que llegan de Colombia a Venezuela, ya que también trabaja en el Servicio Jesuita a Refugiados. Este servicio es una obra de la Compañía de Jesús y ella está coordinando la oficina del estado de Zulia. Además, es profesora en la Alianza Francesa, así con lo que recibe, puede mantenerse.

En su entrevista nos pone, literalmente, “los pelos de punta” al compartir con todos nosotros la grave situación por la que están pasando en Venezuela.

P. Jeannette, ¿qué hacéis en el CEPIN y cómo es el día a día?
R. Trabajo en la recuperación nutricional de unos 355 niños, de 0 a 13 años, que acuden diariamente al comedor, de lunes a viernes, para recibir el desayuno, refuerzo escolar y comida. Intentamos darles una alimentación equilibrada y cada tres meses les hacemos una evaluación antropométrica para ver cómo crecen. También les proporcionamos talleres de autoestima, de reconciliación y de corte y costura a las mamás de los niños.

P. ¿Qué situación hay actualmente en Venezuela para que los niños pasen hambre?
R. Ahora en Venezuela no tenemos nada. Toda la comida viene de Colombia. También trabajo con los desplazados colombianos que entran a Venezuela y piden asilo porque llegan con una situación muy complicada.

P. ¿Por qué se ha llegado a ese difícil escenario?
R. En Venezuela llevamos 18 años de socialismo Castro- Comunista, como se suele decir. Desde hace unos meses, la situación se ha agravado y estamos sufriendo una ‘pentacrisis’: crisis económica, política, social, cultural y ética. Venezuela hoy en día no es un país productivo, está todo destruido por las políticas económicas erróneas del gobierno. Éste ha nacionalizado casi todas las empresas privadas con la expropiación.

P. Sin embargo, antes Venezuela tenía un gran tejido productivo y exportaba…
R. Sí. Pero con Chávez llego el boom petrolero. El barril del petróleo llego a costar más de 100 dólares y Venezuela vive del petróleo. Es una economía unidireccional. Chávez vio que había mucho petróleo y que nunca se iba a acabar. Sin embargo, su gente no era capaz de mantener las empresas que habían expropiado, por lo que la economía cayó y cuando el petróleo bajó de precio nos quedamos con el “culo al aire”. Así es como nos quedamos sin nada… (Afirma muy frustrada).

P. ¿Y qué paso después?
R. Comenzó el hambre. Venezuela está controlada por cuatro cárteles de narcos. Se generó un conflicto en el estado de Táchira (una de las 24 entidades federales de Venezuela, ubicada en la Región de Los Andes al suroeste del país), y el presidente Maduro decidió cerrar la frontera “colombo-venezolana”, que es muy dinámica.
Toda la comida pasaba de Venezuela a Colombia y de Colombia a Venezuela y cuando cerró la frontera, la crisis se agudizó. Querían incluso expulsar a los colombianos. (En Venezuela no más de cinco familias pueden decir que no son colombianos).

P. Existe también un conflicto en Colombia entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP), considerada más de izquierdas, y los paramilitares, considerados de la derecha…
R. Sí, y la política venezolana se posiciona del lado de las FARC-EP, siempre hay acusaciones mutuas. Si pasa algo grave en Venezuela para ellos los culpables siempre son los paramilitares, pero lo que haga las FARC-EP es como si lo hiciese el Gobierno, tiene el beneplácito del gobierno venezolano.

P. ¿Qué sucedió cuando cerraron la frontera?
R. ¡Eso fue un caos! (Afirma impotente). Aunque no hace mucho han vuelto a abrir la frontera, pero el gobernador del Estado de Zulia, para que la población no se alce en contra de él, hacía contrabando. Él traía comida de Colombia y la vendía a precio no regulado (significa que el gobierno marca los precios de la cesta básica).
En Venezuela llevamos más de 14 años con control de cambio. El banco no te da dinero y tampoco se puede enviar dinero ahí. Está todo muy controlado. Por ejemplo, si el gobierno dice que un kilo de arroz cuesta 150 bolívares, todos los productores tienen que vender a ese precio, si no, el que venda fuera de ese precio tiene sanciones.

P. La falta de comida ha provocado también la existencia de mafias que se aprovechan de esa situación, ¿no es así?
R. Sí. Como no hay comida, los que venden en los supermercados tienen gente fuera organizada y acuden las mafias cuando hay más masificación de personas. Normalmente, la gente sale a las dos de la madrugada a hacer la compra y está ahí todo el día. Hay muchas filas. A las cinco de la tarde ya no queda comida, las estanterías están vacías. La gente que compra a 150 bolívares el kilo de arroz, cuando sale lo vende a 2000 bolívares. (El sueldo medio de un venezolano es de 4000 bolívares). Hay mucha especulación.
También hay mafias. Y los que compran el arroz a 150 bolívares la mafia les obliga a darles la mitad de lo que van a comprar con amenazas de muerte.

P. ¿Cómo hacéis para darles comida a los niños?
R. Nos entendemos con los generales, ya que son los que tienen el poder y están en manos de los militares. Yo tengo que llevarles todas las semanas la lista de los niños del comedor para que ellos me vendan la comida que corresponde para esa semana.

P. Se sabe que hay varios tipos de cambio, ¿qué valor tiene cada uno?
R. Está siempre el cambio paralelo desde Cúcuta. El DolarToday da los precios de dólares y el Gobierno pone el que quiere. En Venezuela hay cinco tipos de cambio. El cambio del gobierno cobra el dólar a 6,10. Hay otro cambio que cobra 200, otro a 600 y otro a 1000. ¡No hay control, se les ha ido de las manos!

P. Además de estar en el CEPIN, atiendes a los refugiados que llegan de Colombia a Venezuela. ¿Qué perfil tienen?
R. Los refugiados que atendemos son los desplazados que han llegado a Venezuela huyendo de las violencias generadas por los grupos que están al margen de la ley, que son los grupos armados, de guerrilla, los paramilitares…Que están ahora reclutando a adolescentes y por eso las familias deciden huir de Colombia.
Si ven que eres más afín a un grupo que a otro, te denuncian y ese grupo empieza con amenazas de muerte o te dicen que te vayas del país. Trabajamos con la gente que ha pasado por esa situación.
En Venezuela hay muchos colombianos que vinieron cuando estaba en una buena situación. Los colombianos son gente trabajadora. De hecho, los trabajos que no hacían los venezolanos los hacían los colombianos y ahora la mayoría están regresando porque piensan que para morirse de hambre en Venezuela prefieren morirse de hambre en su país.

P. ¿Qué labor realizas con ellos y qué dificultades encuentran cuando llegan a Venezuela?
R. Los atendemos desde el punto de vista psicosocial, escuchamos su sufrimiento. Cuando llegan no tienen papeles y no pueden comprar nada, están desprovistos de todo.
Nuestra tarea es acompañarlos, darles ayuda humanitaria con la ayuda del Servicio Jesuita a Refugiados y con vuestra ayuda, la de la Fundación Isabel Martín, ya que, si no, no podríamos llegar a lo que realizamos.
También les orientamos hasta la Comisión Nacional para los Refugiados porque Venezuela, desde el año 2001, reconoce que los conflictos de Colombia obligan a la gente a salir de ese país y el Estado tiene la obligación de darles protección. Les aportan un documento provisional y pueden ir tranquilamente sin que la guardia les moleste. También tenemos talleres de habilidades para la vida, hacen cintillos, lazos, pulseras…

P. ¿Tenéis diferentes programas dependiendo de si los refugiados viven en medios urbanos o rurales?
R. Así es. Para los que viven en zonas urbanas tenemos el proyecto de unidades productivas. Dialogamos con ellos para conocer qué es lo que saben hacer para autofinanciarse y ser independientes. Tenemos por ejemplo el caso de una mujer colombiana que sabía coser y ha montado un pequeño taller.
Estamos haciendo acciones para que la persona no dependa siempre de nosotros, los empujamos para que luego vuelen solos, es un vivero de emprendimiento…

P. ¿Y para los que viven en zonas rurales?
R. Solemos hablar con el dueño de la finca para que done una parcela de tierra a las familias que cuidan de la misma. Ellos siembran y de lo que sacan de ahí comen y venden.

P. Si con la comida hay especulación y mafias, ¿también las hay con los refugiados y sobre todo con las mujeres?
R. Sí, hay trata de personas. Los mismos colombianos residentes en Venezuela van a Colombia y les embaucan para llevarlos con ellos. Una vez ahí, les quitan los documentos para que no puedan salir. Hay mucha trata de mujeres, abusan de ellas… Por eso también tenemos un programa de salud sexual y reproductiva para las mujeres, talleres de autoestima y de derechos de la mujer.

P. Además de falta de comida y de agua potable, ¿qué otras necesidades tenéis?
R. No tenemos medicinas. Estamos regresando a las plantas medicinales porque además han resurgido muchas enfermedades como la tuberculosis, la difteria, la malaria… El Zika también está afectado mucho, sobre todo a las mujeres embarazadas.
También hay fracaso escolar porque los niños pasan tanta hambre que sus madres prefieren llevarlos al comedor que al colegio. Para los niños el viernes es el peor día porque saben que van a estar el fin de semana sin comer. El comedor lo abrimos de lunes a viernes.

Al finalizar la entrevista, Jeannette asegura que nunca pierde la esperanza, que sabe que de una manera u otra saldrán adelante y que jamás se derrumba, ya que las personas que ayuda necesitan verla bien.