
Cuando hablamos de cooperación internacional, a menudo pensamos en proyectos, cifras o impacto. Pero la cooperación tiene rostro, tiene voz y tiene historias concretas, historias bonitas. Esta semana, en Zaragoza, hemos podido escuchar dos de esas voces: Lizeth y Ariel, estudiantes de dos internados impulsados por la ONG K’anchay en el Norte de Potosí, en Bolivia.
Desde la Fundación Isabel Martín colaboramos con K’anchay en tres líneas:
⎋ El fortalecimiento integral de bachilleres a través del programa de voluntariado que refuerza el acompañamiento educativo en los internados.
⎋ La igualdad de oportunidades para mujeres jóvenes.
⎋ La promoción de una educación de calidad vinculada a la agroecología como modo de vida sostenible.
Lizeth y Ariel forman parte de ese proceso.
Lizeth: “Le dije a mi madre que lo lograría y así será”
El relato de esta alumna de último curso de secundaria pone el foco en las barreras de género que todavía persisten en muchas comunidades rurales. Tuvo como ejemplo a sus primos, que ya estudiaron en los internados de K’anchay y consiguieron ser profesionales y tener su propio medio de vida. Su madre le alentó desde el primer momento cuando conoció a esta organización. Ella lo tuvo claro, era una gran oportunidad y, de hecho, así ha sido. El internado se ha convertido en un espacio de descubrimiento y fortalecimiento personal:
“Aquí aprendí que puedo seguir estudiando y convertirme en lo que siempre quise ser y tener una profesión”.
Desde muy pequeña tenía un objetivo claro: ser doctora. Y sus notas reflejan ese empeño ya que son muy altas. Unos resultados que sabe que le ayudarán a conseguir su meta de lograr finalizar la carrera de medicina general en la universidad. Cuando le preguntamos qué significa para ella continuar estudiando, responde:
“Es una oportunidad que no quiero perder. Quiero demostrarle a mi madre que cuando le dije que lo lograría, era cierto”.

Ariel: “Si yo estudio, no es solo por mí”.

Este estudiante del Norte del Potosí procede de una comunidad rural donde continuar los estudios de secundaria no es algo garantizado.
Las distancias, la economía familiar y la falta de infraestructuras hacen que muchos jóvenes abandonen antes de terminar el bachillerato.
“El internado me ha dado la oportunidad de seguir estudiando. En mi comunidad era muy difícil. A veces caminamos horas para llegar a clases”, nos cuenta.
Pero insiste en que la experiencia va más allá de lo académico:
“Aquí no solo aprendemos materias. Aprendemos a organizarnos, a convivir, a respetarnos y a asumir responsabilidades”.
El proyecto de fortalecimiento integral acompaña a los y las estudiantes en su desarrollo personal y comunitario.
Ariel lo explica con claridad: “Además de estudiar lectura, matemáticas, lógica y pensamiento crítico, entre otras, aprendemos horticultura y estudios agropecuarios para finalizar ”.

En un territorio donde la agricultura es la base de la economía familiar, la formación en agroecología abre nuevas perspectivas. Ariel lo vive como una herramienta de transformación.
Cuando le preguntamos qué hará cuando termine tiene claro que continuará con un año como voluntario en el internado, un programa que apoya la Fundación Isabel Martín desde el año 2017.
“Si yo estudio, no es solo por mí. Es para volver y ayudar a mi comunidad. Al igual que otros estudiantes me apoyaron en su momento, yo también quiero ser el apoyo de mis compañeros y compañeras. Durante diez meses, yo les transmitiré lo que me enseñaron”.
Una vez que termine este periodo, le gustaría ser ingeniero de minas, estudiar físicas y llegar a hacer su doctorado. Para Ariel ya no hay barreras y, por eso, ahora se esfuerza mucho en las asignaturas de lógica y matemáticas.
Cooperación con nombre propio
Los proyectos que apoyamos —fortalecimiento integral de bachilleres, igualdad de oportunidades para mujeres jóvenes y educación vinculada a la agroecología— no son intervenciones aisladas. Son procesos a largo plazo que buscan que los y las jóvenes del Norte de Potosí puedan construir su futuro sin abandonar su territorio. Ariel y Lizeth encarnan ese objetivo.
Escucharles nos recuerda que la cooperación no consiste en sustituir, sino en acompañar. Y que cuando se apuesta por la educación, la igualdad y el arraigo comunitario, lo que se siembra no es solo conocimiento: es dignidad y justicia social.
Los más de 300 jóvenes que han terminado sus estudios gracias a labor de K’anchay demuestran que cuando la educación se fusiona con el compromiso social, el impacto transforma personas y comunidades.
La visita a Zaragoza de Guiller Cabrera, director de K’Anchay, junto a Ariel Choque y Lizeth Daniela Janco, procedentes del Norte de Potosí (Bolivia), ha sido posible gracias a la invitación de Cáritas en el marco del proyecto GEAR UP, cofinanciado por el Ayuntamiento de Zaragoza y la Unión Europea. Este encuentro ha permitido estrechar lazos entre territorios y reforzar una convicción compartida: la educación, sostenida por alianzas sólidas y compromiso colectivo, tiene la capacidad de cruzar fronteras y convertirse en oportunidad y futuro.